domingo, mayo 11, 2008

NAPOLEÓN Y SU MUERTE (1)


En la ciudad de Pontevedra levantaron en el pasado un monumento a los héroes de Pontesampaio que tenazmente lucharon contra los franceses en la Guerra de la Independencia (1.808 - 1.814).


Chateaubriand (1768-1848) escribió sobre Napoleón Bonaparte:
"Cuando en 1.815 hubimos de regresar a la vida diaria fue como la caída desde lo alto de una montaña a una sima: después de un hombre de aquella dimensión, un astro que iluminaba la escena y el teatro, había que volver a la vulgaridad, a aquellos seres dudosos y nocturnos, movidos por pequeñas pasiones, a veces inconfesables."
(Memorias, tomo XXV).

Napoleón Buonaparte nació en Córcega en 1.769; por aquel entonces, la Isla pertenecía a Italia que se las veía y se las deseaba para combatir el movimiento independentista que allí había surgido. En su ayuda llamó a Francia y el ejército francés aplastó la rebelión; como agradecimiento Córcega fue el pago por los servicios prestados. De esta forma tan curiosa adquirió Napoleón la nacionalidad francesa. Con el paso del tiempo, el corso Buonaparte extirpó la "u" de su apellido y se convirtió en Emperador de Francia. La Historia nos habla de uno de los estrategas militares más brillantes de todos los siglos. Antes se formó como oficial en las escuelas de Brienne y -posteriormente- de París. En 1.812 había extendido las fronteras desde la península ibérica hasta Rusia, pero en la campaña rusa fue derrotado por vez primera, luego en la Guerra de la Independencia española (1.808-1.814). En 1.814 fue confinado en la isla de Elba, de donde se escapó al cabo de un año para ser vencido definitivamente en Waterloo.


En el verano de 1.798, 36.000 soldados, más de 2.000 oficiales y 300 mujeres -entre esposas de militares y prostitutas- desembarcaron en las playas egipcias de Damietta, Rosetta y Alejandría bajo las órdenes del general Napoleón Bonaparte. Aunque la misión oficial era poner fin a 3 siglos de dominio otomano, ninguno sabía con seguridad -salvo la élite- qué esperaba Francia de ellos. En sólo 20 días se hicieron con el control del Delta del Nilo y descendieron rumbo a El Cairo. Allí derrotaron a las desorganizadas hordas de mamelucos. Napoleón Bonaparte planeaba bloquear el tráfico de mercancías y la navegación de los ingleses a sus colonias orientales, para debilitar al mayor enemigo que tenían en aquellos tiempos. Sin embargo, no todos los movimientos del general corso respondían a intereses meramente estratégicos o bélicos. Atraído por los secretos que se ocultaban en el interior de las pirámides y los templos, encargó a un equipo de 170 científicos, técnicos y sabios que investigasen los enigmas de aquella cultura y el estudio de su flora, fauna y cultivos. Pero el uno de agosto de aquel mismo año, el almirante británico Horace Nelson, que no se dormía en los laureles, localizó y hundió su flota (de 400 navíos sólo salvaron dos fragatas), una de las flotas de guerra más grandes que se conocían, frente a las costas de Abukir, dejándole aislado, sin suministros y causándole 1.700 bajas. A pesar de todo los franceses resistieron, atravesaron Palestina de sur a norte y el 14 de abril de 1.799 pernoctaron en Nazaret, cerca del lago Tiberíades. Su campaña militar en Siria y en los Santos Lugares fue un fracaso; por ello, Napoleón asedió Jaffa, la conquistó y acabó -a sangre y fuego- con las vidas de soldados, mujeres, ancianos y niños, porque no tenía suministros para mantenerlos prisioneros. Avanzó hacia San Juan de Acre -el último reducto de los turcos- pero se le resistió, echando por la borda sus planes de llegar a las puertas de Constantinopla; desmoralizado regresó a El Cairo. El 15 de julio más de 15.000 turcos, apoyados por los ingleses, se aproximaron por mar a Abukir dispuestos a expulsarle de Egipto. Les permite arribar y el 25 de julio logra poner fuera de combate al adversario con un ejército considerablemente menos fuerte. Bonaparte, embriagado por el éxito, retorna a El Cairo a donde llega el 15 de agosto. En octubre dejó al general Kléber al mando de las tropas y volvió a París.


Napoleón en la campaña de Egipto

En marzo de 1798 Napoleón Bonaparte -que mostraba una amenazadora propensión a ser la cabeza que planifica, el gobierno que administra y la espada que ejecuta- propuso llevar a cabo una expedición para colonizar Egipto, en aquel entonces una provincia otomana, con el objetivo de proteger los intereses comerciales franceses y estrangular el comercio inglés cortando la ruta de Gran Bretaña a la India.
La ocupación de Egipto había sido pensada por Napoleón durante la campaña de Italia y sabemos que leyó, entre otros muchos libros sobre el tema, el "Voyage en Egypte et en Syrie" de Volney. El general contaba con el apoyo decisivo del ministro de relaciones exteriores, Talleyrand, que había presentado en julio de 1797 una memoria a la Segunda clase del Instituto relativa a las ventajas de obtener nuevas colonias.
El Directorio, aunque preocupado por el alcance y el costo de la expedición, rápidamente aprobó la empresa, aceptando su plan, dado que significaba la posibilidad de alejarlo del centro del poder. La idea de ocupar Egipto no era nueva en Francia y "los dirigentes de la política francesa no consideraron de ninguna manera a Bonaparte como un loco, cuando les propuso atacar Egipto" (E. Tarlé, Napoleón, 2 vols., ed. Progreso. Moscú 1957. vol 1).

Así, el 19 de mayo de ese mismo año embarcaba rumbo a Alejandría. El aspecto más inusual de dicha expedición fue la inclusión de un buen número de científicos y artistas (entre ellos destacaban los nombres de Monge, Berthollet, Geoffroy Saint-Hilaire y Laplace), lo cual, según algunos, reflejaba la devoción de Bonaparte a los principios e ideas del entonces periodo de La Ilustración. Otros, sin embargo, lo vieron como una maniobra propagandística que sólo buscaba ocultar sus intenciones imperialistas.
De camino a Egipto, la expedición de Bonaparte conquistó a traición Malta el 9 de junio. Casi dos meses después de su partida, desembarcó en Alejandría el 1 de julio de 1798, eludiendo temporalmente a la Armada británica. Aunque los franceses ganaron la decisiva batalla de las Pirámides (con un ejército de 25.000 hombres enfrentados a 100.000 del enemigo), dispersando a los mamelucos (casta de guerreros mercenarios que explotaban el país en nombre de Turquía), toda la flota francesa (a excepción de dos naves) fue destruida por el almirante Nelson en la Batalla del Nilo. Con su ejército atrapado en Egipto, el objetivo de Bonaparte de fortalecer su presencia en el Mediterráneo se vio frustrado, si bien logró consolidar su poder en Egipto, no sin sofocar antes diversas revueltas populares. Bonaparte ordenó que en Egipto la servidumbre y el feudalismo fuesen abolidos y los derechos básicos de los ciudadanos garantizados. Bonaparte fue llamado por los egipcios Sultán Kebir, el Sultán de Fuego. La situación propició el desarrollo de importantes estudios sobre el Antiguo Egipto entre los que se destaca el descubrimiento de la Piedra de Rosetta. La piedra de Rosetta contiene un texto en tres tipos de escritura y su gran importancia radica en haber sido la pieza clave para comenzar a descifrar los jeroglíficos egipcios antiguos.
Bonaparte también emitió proclamas en las cuales se representaba como liberador del pueblo egipcio, oprimido por el yugo otomano y alabando los preceptos del Islam. Esta maniobra no fue exitosa dado que el pueblo egipcio siempre vio a los franceses como una fuerza de ocupación.
El revés marino lo dejó aislado y consumiéndose de impaciencia ante las fragmentarias noticias que recibía de Europa.


Nacido el 14 de octubre del mismo año en que se publicó el libro "L'esprit des lois" (1.784) del barón de Montesquieu, cuando su padre -el futuro Carlos IV- era todavía príncipe de Asturias, Fernando (VII) conoció solamente los últimos tiempos del reinado de Carlos III. Sin embargo, no tenía aún uso de razón ni siquiera su estado enfermizo le pudo permitir ser consciente de ello. A los 4 otoños de edad, "el principito" padeció una dolencia que le fue diagnosticada como "vicio de la sangre" y cuya curación se le atribuyó a San Isidro. Era la época en que se encontraba bajo la custodia de ayos y nodrizas, los cuales casi nada le enseñaron. Siguieron los años de la complicada revolución francesa -inspirada en las ideas de los filósofos ilustrados, los problemas económicos, las crisis políticas y en los desajustes sociales de una estructura estamental- y la privanza de Manuel Godoy, cuando el mozuelo tenía como preceptor al canónigo Escoiquiz, propuesto por aquel -según las memorias de éste- para estar "al loro" de los chismorreos en la habitación de su Alteza. Fue un tiempo fundamental en la historia de España y en la vida del príncipe, al que Escoiquiz, deseoso de sustituir al valido, inculcó el odio a éste de su pupilo, haciéndole desconfiar hasta de sus propios padres.

Fernando VII casó con María Antonia de Nápoles en 1.802. Posteriormente, contrajo matrimonio en dos ocasiones más sin haber obtenido descendencia. Por cuarta vez en 1.829 con María Cristina de Borbón de quien nació Isabel. El libro "Historias de la Historia" de Carlos Fisas recoge una posible explicación a la esterilidad precedente: "el rey Fernando VII tenía el miembro viril de dimensiones mayores que de ordinario, a lo que atribuyóse el no haber tenido sucesión en sus tres primeras mujeres. Sabedora Doña Cristina de aquella circunstancia nada consoladora para los intereses del trono, discurrió, o le aconsejaron, que usara don Fernando una almohadilla perforada en el centro, de tres o cuatro centímetros de espesor, por cuyo orificio introducía el pene antes del coito y durante él; así se hizo y alcanzaron sucesión" (Op. cit. Editorial Planeta-De Agostini S. A. , 1.997).


"La guerra es una de las ocupaciones más antiguas del hombre, tanto y tan persistente como el canto o el cálculo, y al parecer será así mientras el hombre sea lo que es: agresivo, gregario, ambicioso e inclinado a imponer soluciones por la fuerza. En el transcurso de varios milenios, la naturaleza del hombre apenas ha cambiado, al igual que la superficie del globo. La guerra comenzó en tierra firme, depués prosiguió en el mar y, finalmente, en los cielos. En la actualidad se abre un nuevo capítulo, pues las operaciones bélicas tienen la tendencia a desarrollarse no sólo en el cielo, sino también en el espacio" (General sir John Hackett, Prólogo a "Grandes Batallas", Editorial Rombo).


SÓLO EL PUEBLO ESPAÑOL, APOYADO POR INGLATERRA, OPONE RESISTENCIA A NAPOLEÓN EN EUROPA

El enfrentamiento contra Napoleón Bonaparte en la península ibérica, entre 1808 y 1814, es conocido como "Guerra de la Independencia". Se trata de una lucha de las tropas francesas frente a un conjunto heterogéneo de fuerzas: el ejército regular español, los distintos grupos de guerrilla surgidos de forma espontánea con el levantamiento inicial e incrementados como consecuencia de la dispersión que siguió a las primeras derrotas, los contingentes portugueses y los efectivos británicos.

El dos de mayo en Madrid señala el comienzo de la oposición armada a la ocupación francesa, pero también el inicio de una contienda civil -encubierta por la exaltación de la liberación nacional- entre los dos bandos en que se dividió la población española: patriotas y afrancesados, atraidos por las ideas ilustradas de los galos. La mayor parte de la nobleza y de la burguesía se aliaron, sometiéndose a las instituciones (léase Corona, Cortes, Consejo de Castilla); por eso, la resistencia tuvo un carácter popular, comandado por los capitanes Daoiz y Velarde.

"Nos figuramos que la guerra de la Independencia la hizo la nación, que en ella tomaron parte todas las clases sociales; pero no fue así: fuera de muy contadas excepciones, la guerra de la Independencia la hizo sólo el pueblo. Las clases directoras, los gobernantes del antiguo régimen emigraron a Francia, a Gibraltar, a las Baleares, al otro lado del Estrecho; allí permanecieron tranquilamente, a cubierto de la guerra y de sus estragos, mientras ésta duró, los señores jurisdiccionales, el rey y la familia real, los que habían sido sus ministros y sus consejeros, los más genuinos representantes de las clases directoras". (Oligarquía y Caciquismo, Joaquín Costa, Alianza Editorial, Madrid 1.967, pág. 223).

El antecedente se produjo el 18 de octubre de 1.807, cuando un ejército francés compuesto por 28.000 soldados entró en España, al mando del general Junot, camino de Portugal: Napoleón había propuesto a Manuel Godoy -valido de Carlos IV- invadir el país luso y repartirlo en tres estados. Francia y España firmaron el acuerdo de la ocupación y desmembramiento de Portugal en el Tratado de Fontainebleau nueve días después (27 de octubre). Sin embargo, el emperador francés decidió unilateralmente apoderarse de toda la península.
También el 22 de diciembre de ese año cruzaron la frontera 25.000 hombres a las órdenes del General Dupont que ocupó diversas zonas de Castilla la Vieja. A continuación, en el comienzo del nuevo 1.808, 30.000 franceses capitaneados por el mariscal Moncey; les siguieron otros 14.000 del ejército franco-italiano a cuyo frente marchaba el general Duhesne y los 30.000 que dirigía el mariscal Bessières, totalizando más de 120.000 soldados. Finalmente, el 10 de marzo, atravesó Irún el general Joaquín Murat, gran duque de Berg y lugarteniente del "Sire".

Lo que parecía iba a ser una rápida conquista, se convirtió en un largo conflicto. Un conflicto que iba a desgastar enormemente a la potencia militar francesa, contribuyendo con ello al debilitamiento del Imperio Napoleónico, al tiempo que produciría considerables pérdidas, humanas y económicas, entre la población afectada. A causa de la longitud y dureza de esta confrontación armada que no tenía unos frentes delimitados ni una clara separación entre combatientes y civiles, aparecerían tensiones entre los diversos sectores implicados en la resistencia y la población.

"Tales son los hijos de España y tan singular su suerte. Luchan por la libertad los que nunca fueron libres, y un pueblo sin rey se bate por un estado sin fibra. Combaten los vasallos cuando huye el jefe, fiel a los estatutos de la traicionería, y, amantes de una tierra que nada les dio más que el nacer, con orgullo señalan el camino que conduce a la libertad".
(La peregrinación de Childe Harold, Lord Byron).

Carlos IV había demostrado su incapacidad para dirigir la nación española: desastres bélicos, Hacienda con las arcas vacías, el clero descontento por las medidas desamortizadoras, etc. Los ecos de la Revolución Francesa (1.789) aumentaron el malestar de la oposición que cerró filas en torno al príncipe de Asturias.
En marzo de 1.808 se produjo el motín de Aranjuez (alzamiento popular de campesinos, soldados, sirvientes y vagabundos que asediaron a predadas el palacio real), el cual provocó la abdicación de Carlos IV en Fernando VII y la caída de Godoy, quién había sido acusado -por la opinión pública- de conquistar la alcoba de la reina. Napoleón se erigió en árbitro de las diferencias de la familia real española y consiguió que todos sus miembros saliesen de España, gracias a la mediación de Murat; en Bayona el estúpido de Fernando VII acepta la invalidez de la abdicación de su padre y éste entrega la corona al Emperador de Francia, quien nombra rey de España a su hermano José.


Contra la invasión de España por Napoleón se propagó un amplio levantamiento antifrancés a lo largo de los meses de mayo y junio de 1.808. Algunos éxitos iniciales en la guerra como el triunfo del general Castaños (Bailén, 19 de julio según unas fuentes, 19 de agosto según otras) o El Bruc (victoria de los somatenes catalanes, 6 de octubre), hicieron soñar a los españoles durante algún tiempo con la derrota definitiva del enemigo. Inglaterra envió a sir Arthur Wellesley (futuro duque Wellington) -que posteriormente fue retratado por Goya, un excepcional cronista gráfico- al mando de un cuerpo expedicionario que desembarcó en Lisboa.

"Sevilla hace su declaración de guerra.

Don Fernando VII, Rey de España y de las Indias y en su nombre la Suprema Junta.
La Francia, o más bien su emperador Napoleón I ha violado con España los pactos más sagrados; le ha arrebatado sus monarcas, y ha obligado a éstos a abdicaciones y renuncias violentas y nulas manifiestamente: se ha hecho con la misma violencia dar el señorío de España para lo que nadie tiene poder: ha declarado que ha elegido Rey de España; atentado el más horrible de que habla la historia: ha hecho entrar sus ejércitos en España, apoderándose de sus fortalezas y capital y ......... Ha declarado ultimamente, que va a trastornar la Monarquía y sus leyes fundamentales y amenaza la ruina de nuestra Religión Católica, que desde el gran Recaredo hemos pasado, y conservamos los españoles y nos ha forzado a que para el remedio único de tan graves males, los manifestemos a toda la Europa y le declaremos la guerra.

Por tanto, en nombre de nuiestro Rey Fernando VII, y de toda la Nación Española, declaramos la guerra por Tierra y Mar al Emperador Napoleón I y a la Francia mientras esté bajo su dominación y yugo tirano; y mandamos a todos los Españoles obren con aquéllos hostilmente, y les hagan todo el daño posible según las leyes de la guerra, y se embarquen todos los buques franceses.........
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Protestamos además que no dejaremos las armas de la mano hasta que el Emperador Napoleón I, restituya a España a su Rey y Señor Fernando VII y las demás Personas Reales, y respete los derechos sagrados de la Nación, que ha violado, y su libertad, integridad e independencia, y para inteligencia y cumplimiento de la nación española, mandamos publicar esta solemne declaración, que se imprima y fije y circule a todos los pueblos y provincias de España y a las Américas y se haga notoria a la Europa, al África y al Asia.

Dado en el Real Palacio del Alcázar de Sevilla.- Junio, 6 de 1808"
(En Fernando Díaz Plaja: La historia de España en sus documentos. El siglo XIX).

La alegría de las victorias se desvaneció pronto: el 30 de octubre (seguramente, pues el 25 declaraba en París su intención de hacerlo en pocos días) cruzó el emperador de Francia los Pirineos y puso de manifiesto las deficiencias del precario ejército regular de España, que dio paso a una cadena de derrotas consecutivas (Zornoza, Gamonal, Espinosa y Tudela, en noviembre), lo cual provocó que los políticos de la Junta Central abandonasen la Meseta en 1.809 y se trasladasen a Cádiz, fortificada y protegida por la marina británica.
Aquí se demuestra la incomparable resolución estratégica y militar del "Sire": no porque venza a las malarmadas fuerzas nacionales, sino porque las deshace, las pulveriza, las dispersa...

"Vencidos en los campos de Ocaña, los combatientes españoles trataron de reconstruir el ejército triturado por Napoleón. Oficiales, soldados, bandoleros, aventureros y desertores huyeron a las montañas y, tras agruparse en partidas, recurrieron a la guerra de guerrillas, táctica militar novedosa que convirtió a los patriotas españoles en jinetes fantasmas que emergían de los riscos y a lomo de caballos golpeaban las caravanas de abastecimientos, atacaban a los heridos o asaltaban las guarniciones rezagadas, desapareciendo luego sin dejar rastro. Por obra de las partidas guerrilleras los vientos de la resistencia van y vienen a través de campos y valles, en el fulgor de las colinas plateadas, en las casas de los pueblos que albergan las tropas enemigas. Pudieron los gobernadores franceses dominar la batalla en campo abierto y controlar la mayor parte de las ciudades -finalmente Zaragoza y Gerona sucumbieron al sitio de los ejércitos invasores- pero la llanura, las montañas...fueron patrimonio de los Díaz Porlier, Espoz y Mina...caudillos que brotan de las entrañas del pueblo, cuentan con el apoyo de los civiles, viajan ocultos por el capuchón de fraile, el sombrero de arriero o el cesto del vendedor ambulante y extienden el terror entre los colaboracionistas"
(Historia de España, 2.002, Fernando García de Cortázar, catedrático de Historia Contemporánea).

En realidad, debió resultar extraño que la campaña de España provocase los primeros fracasos del imperio francés; pues el ejército español era esencialmente débil: escaso en efectivos, estaba formado por improvisados soldados, carentes de entrenamiento y disciplina, inflado en sus mandos con oficiales sin la formación adecuada, apenas sin caballería, falto de una organización logística que asegurase la coordinación de las operaciones. y complementado con todo tipo de milicias irregulares.
Llama la atención la descripción de las carnavalescas tropas que obligaron al repliegue de la poderosa máquina de guerra imperial:

"Esa impetuosidad hace posible la victoria de Bailén; en verano, los hombres del artífice de la victoria, el general Castaños, entran en la capital liberada: destacan los picadores-lanceros de Jerez, vestidos a la andaluza con el pavero de ala muy ancha, presentando, a la manera de los picadores en la plaza, su pica transformada en lanza. Un poco antes traspasaron las murallas de Madrid unos soldados que enseguida inquietaron a los madrileños; se trataba de los valencianos, quienes junto a algunos veteranos en uniforme vestían el tradicional calzón ahuecado, la manta sobre el hombro, los largos revueltos cabellos caídos sobre la espalda y sobre los lados, el sombrero redondo con la escarapela patriótica, cintas con divisas y muchas imágenes de la Virgen y de los santos"
(La España de la Ilustración: 1700-1833, Jean Pierre Amalric y Lucienne Domergue, Editorial Crítica S.L., 2.001).

O Bailén fue un milagro o el general Castaños fue un fenómeno de la naturaleza conduciendo la batalla: solamente le faltó el grupo de coros y danzas. Se trataba de un ejército que parecía vivir de espaldas a las transformaciones en las que basaba sus éxitos militares la Francia revolucionaria y que otros países intentaban contrarrestar. El poder de Napoleón había llegado a su cenit; la división del ejército francés, por la actividad militar en la península ibérica y la nueva forma de lucha de las guerrillas hispanas, lo debilitó grandemente.

(Ramón Pérez Poza)