LA MUERTE EN LA EVOLUCIÓN (1)
Siempre me llamó la atención un habitante de la sabana africana que, a decir de los entendidos, constituye un lugar ideal para el estudio científico de los animales en su medio; se trata del licaón (lycaon pictus), un típico representante de los cánidos (mamíferos carnívoros con 5 dedos en sus patas delanteras y cuatro en las traseras, como el zorro, el perro, el coyote o el lobo) que ha desarrollado al máximo las facultades estratégicas y persecutorias. Es un animal infatigable de aspecto enjuto y ligero, cuya anatomía está fundamentalmente al servicio de la resistencia en la carrera; como armamento dispone únicamente de sus largas mandíbulas y completa dentición para la caza de herbívoros. No obstante, su menudo tamaño le ha convertido en un cazador social; a saber: lo hacen en manada, lo cual implica un gran desarrollo de la inteligencia, así como una rígida jerarquización de las hordas. La eficacia es tan grande que un grupo de licaones puede vencer al mismísimo león, rey de la selva; por tanto, a nadie extrañará verlos correr tras las perisodáctilas cebras a las que atacan con frecuencia. Otro de sus bocados preferidos es la gacela de Thomson de la que capturan un elevado porcentaje de machos territoriales. Pero lo más sorprendente de los licaones es su vida comunitaria; por ejemplo, cuando los padres de unas crías se ausentan, otros toman el relevo para su cuidado. Practican asiduamente la solidaridad, una cualidad algo olvidada por muchos seres humanos. Forman un equipo perfecto.
Las armas antiguas fueron las manos, uñas y dientes,
y las piedras y las ramas de los árboles.
Al conocerse el fuego,
después el hierro y el cobre.
Pero el cobre se usó antes que el hierro.
(De Rerum Natura, Tito Lucrecio Caro, siglo I a. C.)
La Historia reconstruida únicamente con fuentes arqueológicas deriva de rebuscar en el subsuelo vestigios que permitan averiguar lo que sucedió en un pasado remoto en los lugares excavados. Lo ocurrido dejó sus huellas escritas en la tierra, pero es preciso saber interpretarlas.
El primer paleontólogo, Charles Doolittle Walcott, descubrió en 1.909 la más preciada de las localidades fósiles: Burgess Shale, donde las Montañas Rocosas de Canadá. Sin embargo, malinterpretó el significado sobre la historia de la vida de uno de los mayores hallazgos de la Paleontología. Fueron necesarios más de 20 años de estudios anatómicos a los animales de esa cantera que encontró Walcott a una altitud de casi 2.400 metros dentro del Parque Nacional de Yoho, para recomponer el rompecabezas que ofreció nuevas perspectivas a la teoría evolutiva.
Resulta sorprendente la versión tradicional de los hechos que escribió el profesor Charles Schuchert, por cuanto concede al azar el mayor protagonismo:
"...el caballo de la Sra. Walcott resbaló mientras descendía por el sendero y dio la vuelta a una laja que llamó de inmediato la atención de su marido. Había allí un gran tesoro, crustáceos completamente desconocidos del Cámbrico medio...a unos mil metros sobre el pueblo de Field."
También cabe preguntarse: ¿cómo es posible que más de 80.000 ejemplares de cuerpo blando del Período Cámbrico hayan podido conservarse durante 530 millones de años, aproximadamente?. No obstante, la ciencia da una explicación convincente: resumiendo, una corriente turbia provocó una avalancha de fango que privó a los restos fósiles de la oxidación que los habría corrompido.
El 12 de febrero de 1.809 (año en que se publica "Filosofía Zoológica" de Lamarck) nació Charles Robert Darwin.
Con la teoría de la evolución se establece una concatenación que vincula al hombre con los demás seres vivos, y además se impone como ley de la existencia, no la estabilidad sino el cambio a lo largo del tiempo. Tales conceptos provocaron una revolución tan violenta en el campo de las ideas, que obligó a la revisión de los sistemas filosóficos, sociales y religiosos hasta entonces sostenidos.
"Al principio creó Dios los cielos y la tierra. la tierra estaba desierta y vacía. Había tinieblas sobre la faz del abismo y el espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas" (Génesis 1, 1-2).
El 15 de julio de 1.817 murió la madre de Charles R. Darwin y, en adelante, sería educado por su hermana mayor, Carolina.
Los descubrimientos de Charles Darwin constituyen la clave de la nueva biología que ya no se desentiende de las relaciones entre las especies ni del porqué de su diferenciación ni de su ubicación geográfica o temporal.
"Y los bendijo Dios, diciéndoles: procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra" (Génesis 1, 27).
El pueblo hebreo no destacó, precisamente, en las artes y las ciencias; aunque el autor del Pentateuco, Moisés, tuvo acceso a la biblioteca egipcia. Por eso, sus ideas básicas satisfacían plenamente a los hombres primitivos y simples, llenos de fantasías.
Es imprescindible tener una visión ecológica de la prehistoria de la humanidad para poder demostrar que la evolución del hombre está dirigida por su entorno.
A pesar de que han pasado casi 200 años desde el nacimiento de Darwin y 150, aproximadamente, desde que escribió "El Origen de las Especies", la idea que tenemos de nuestro lugar en la naturaleza, se encuentra condicionada por el ancestral mito cristiano. La antigua creencia de que la historia de la creación descrita en la Biblia tuvo lugar en el año 4.004 a. C., se vino abajo, se cayó -¡y se calló!- por el peso de la teoría evolutiva. Y me temo que ningún eminente teólogo se atreva a resucitarla so pena de hacer el más espantoso ridículo, por ignorante.
El desarrollo del pastoreo y de la agricultura cambió de manera fundamental el equilibrio que había previamente entre el ser humano y su contorno. Se domesticaron algunos animales y otros fueron alejados de los pastos y campos de cultivo; los predadores del ganado eran -y son- mantenidos a raya. El hombre empezó una vida sedentaria y, como consecuencia, se incrementó la población. A partir de aquí la humanidad ha sojuzgado a la naturaleza y ha concluído, actualmente, en la ocupación de todas las zonas disponibles de la superficie terrestre.
Con frecuencia olvidamos nuestro origen natural, amparados por esa tecnociencia en el camino de convertirnos en seres de laboratorio. Pero cuando un tercio de nosotros pasa hambre, descubrimos que nuestra vinculación con la madre natura es aún muy grande y que seguimos viviendo en el mismo planeta que hace millones de años.
Con frecuencia olvidamos nuestro origen natural, amparados por esa tecnociencia en el camino de convertirnos en seres de laboratorio. Pero cuando un tercio de nosotros pasa hambre, descubrimos que nuestra vinculación con la madre natura es aún muy grande y que seguimos viviendo en el mismo planeta que hace millones de años.
La teoría de la evolución descubre los mecanismos que han actuado sobre los seres vivos hasta llegar a las formas actuales. Hace pocos años el hombre consideraba a la naturaleza como un bien inagotable puesto a su servicio por el famoso precepto bíblico del que ya hemos hablado. Pero el primero que se equivocó fue Dios mismo, a pesar de la omnisapiencia que se le suponía, está claro que se le escapó el calentamiento global, la capa de ozono, la superpoblación de la Tierra, los abonos químicos, los insecticidas, la lluvia ácida, el derretimiento de los polos, la contaminación, la radioactividad, etc.; es decir todos los problemas que hoy estudia la moderna ecología. Comprendo que no es fácil imaginar ciertas cosas cuando el Planeta sólo estaba habitado por Adán y Eva; sin embargo, cabía esperar más de Él.
Un frío día, 20 de diciembre de 1.831, salía del puerto de Plymouth (Inglaterra) el velero HMS Beagle -cuyo nombre forma parte ya de la historia- luchando contra las olas encrespadas por el fuerte viento que soplaba. Su capitán, Robert Fitzroy , era el responsable de 66 marineros y un ilustre pasajero: Charles Darwin, estudiante de medicina fracasado, que iniciaba un viaje que cambiaría al mundo. No obstante, el buque hubo de volver al muelle. Aquel navío, bastante viejo, de tan sólo 242 toneladas no consiguió ganar mar abierto. Tras otro intento fallido al día siguiente y varias jornadas de espera, el 27 del mismo mes logró surcar el océano Atlántico. Se trataba de una expedición científica "que tenía como principal objetivo levantar un plano de la parte sur de la Tierra del Fuego y regresar por las Indias Orientales" (Rene Anaya, Revista de Geografía Universal nº. 4, Noviembre 1.977).
Ch. Darwin contaba 22 años cuando empezó esta andadura marina que debería haber durado tres años, pero se prolongó durante cinco. Como cualquier hijo de vecino que se embarcaba por primera vez en alta mar, se vió atacado por fuertes mareos que le obligaban a permanecer en su hamaca la mayor parte del tiempo, pensando -seguramente- quien le había mandado meterse en tanto "jolgorio". El Almirantazgo había solicitado un naturalista para el recorrido por el hemisferio sur, a pesar de la oposición paterna Darwin aceptó el envite, que le habría de servir para recabar una información fundamental, base de sus teorías evolutivas.
Un frío día, 20 de diciembre de 1.831, salía del puerto de Plymouth (Inglaterra) el velero HMS Beagle -cuyo nombre forma parte ya de la historia- luchando contra las olas encrespadas por el fuerte viento que soplaba. Su capitán, Robert Fitzroy , era el responsable de 66 marineros y un ilustre pasajero: Charles Darwin, estudiante de medicina fracasado, que iniciaba un viaje que cambiaría al mundo. No obstante, el buque hubo de volver al muelle. Aquel navío, bastante viejo, de tan sólo 242 toneladas no consiguió ganar mar abierto. Tras otro intento fallido al día siguiente y varias jornadas de espera, el 27 del mismo mes logró surcar el océano Atlántico. Se trataba de una expedición científica "que tenía como principal objetivo levantar un plano de la parte sur de la Tierra del Fuego y regresar por las Indias Orientales" (Rene Anaya, Revista de Geografía Universal nº. 4, Noviembre 1.977).
Ch. Darwin contaba 22 años cuando empezó esta andadura marina que debería haber durado tres años, pero se prolongó durante cinco. Como cualquier hijo de vecino que se embarcaba por primera vez en alta mar, se vió atacado por fuertes mareos que le obligaban a permanecer en su hamaca la mayor parte del tiempo, pensando -seguramente- quien le había mandado meterse en tanto "jolgorio". El Almirantazgo había solicitado un naturalista para el recorrido por el hemisferio sur, a pesar de la oposición paterna Darwin aceptó el envite, que le habría de servir para recabar una información fundamental, base de sus teorías evolutivas.
Ramón Pérez Poza

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