LA MUERTE DE SÓCRATES (I)
Bajo la cólera de Aquiles -hijo de Peleo (rey de los mirmidones) y la diosa Tetis- que precipitó al Infierno muchas almas en su disputa con Agamenón, hermano de Menelao e hijos de Atreo; nació Sócrates en el año 469 antes de Cristo en el barrio (demo) de Alopece, un suburbio a media hora de camino de Atenas, en las faldas del Licabeto. Era hijo de Sofronisco, un escultor y de Fenarete, una comadrona; familia de burguesía media, perteneciente a la clase de los "zeugitas" (constituían la tercera y última, en orden de importancia entre las clases de Atenas que contaban para algo). No escribió ninguna obra (¿sabría?). Características de su forma de entender y practicar el diálogo son la ironía y la mayéutica (arte de hacer preguntas de modo que fuera el interlocutor quien acabase sacando de sí mismo las formulaciones correctas sobre el tema en cuestión). Fue un personaje inmerso en el ambiente filosófico y cultural de los sofistas, a los que combatió enérgicamente.
"La palabra es un poderoso tirano, capaz de realizar las obras más divinas, a pesar de ser el más pequeño e invisible de los cuerpos. En efecto, es capaz de apaciguar el miedo y eliminar el dolor, de producir la alegría y excitar la compasión".
(Elogio de Helena, Gorgias).
Se denominan sofistas (nombre proveniente de la palabra griega "sophi" que significa experto, maestro artífice, hombre de sabiduría; en su origen, nombre aplicado por los antiguos griegos a los hombres eruditos, tales como los Siete Sabios de Grecia) a un conjunto de pensadores griegos que florecen en la segunda mitad del siglo V a. C. y que tienen en común, al menos, dos rasgos sobresalientes: entre sus enseñanzas incluyen disciplinas humanísticas (proporcionaban instrucción en diversas ramas del conocimiento: retórica, política, derecho, moral, etc.) y son los primeros profesionales del magisterio (organizan cursos completos y cobran una remuneración considerable, convenida con antelación). Tenían un proyecto de educación bien definido que rompía con la enseñanza tradicional.
Una función importante de todo hombre que actuase en la vida pública por aquellos días era la de presentar argumentos en pro o en contra de alguna ley propuesta de alguna persona sometida a juicio.
Muchos sofistas sostenian abiertamente que podían enseñar a las personas a argüir en defensa de cualquier opinión sobre cualquier tema y hacer que la parte más débil apareciese mejorada mediante una hábil argumentación. Esto era exactamente lo opuesto de la dialéctica creada por Zenón, y Sócrates pensaba que no era precisamente un modo honorable de utilizar el propio saber.
Eran maestros del saber itinerantes que compartían puntos de vista filosóficos mucho más amplios que los de una escuela, los sofistas popularizaron las ideas de varios filósofos anteriores; pero, basándose en su propia interpretación de ese pensamiento anterior; casi todos ellos adoptaron una actitud escéptica y concluyeron afirmando que la verdad y la moral eran en esencia materias opinables.
En sus enseñanzas tendían a enfatizar formas de expresión persuasivas, como la retórica (arte de bien hablar) y la dialéctica, que facilitaban a los discípulos técnicas útiles para alcanzar el éxito en la vida, especialmente en la vida pública.
Los sofistas gozaron de popularidad durante un tiempo, sobre todo en Atenas; sin embargo, su escepticismo de la verdad absoluta y la moral suscitó a la postre fuertes críticas. Sócrates, Platón y Aristóteles pusieron en tela de juicio los fundamentos filosóficos de las enseñanzas de los sofistas.
Platón y Aristóteles también los censuraron por aceptar dinero. Más tarde, fueron acusados por el Estado de carecer de moral. Como consecuencia, la palabra sofista adquirió un significado peyorativo, al igual que el moderno término sofisma, que puede ser definido como astuto y engañoso, o como argumentación o razonamiento falsos.
En último extremo, los sofistas fueron de importancia menor en el desarrollo histórico del pensamiento filosófico occidental. Fueron, sin embargo, los primeros en sistematizar la educación. Entre los principales sofistas del siglo IV a.C. destacaron Protágoras, Gorgias, Hipias de Elide y Prodico de Ceos.
Gorgias (485 - 380 a.C.), nacido en Leontini (Sicilia), ejerció como embajador en Atenas en el 427 a.C., donde más tarde se estableció para practicar y enseñar el arte de la retórica. Fue de los primeros en introducir la cadencia en la prosa y en utilizar lugares comunes en los argumentos.
Es el personaje del título del diálogo "Gorgias" de Platón, donde Sócrates discute sobre la retórica falsa y verdadera, y sobre la retórica entendida como el arte de la adulación.
La filosofía de Gorgias es nihilista y está expresada en tres proposiciones: "no hay ser; si lo hubiera, no podría ser conocido; si fuera conocido, no podría ser comunicado su conocimiento por medio del lenguaje".
Las obras de Gorgias que han llegado hasta nosotros son: "El elogio de Helena" y "La apología de Palamedes".
Murió en Tesalia a la edad de 105 años.
Protágoras (480 - 411 a.C.) nació en Abdera (Tracia); en el 445 a.C. se estableció en Atenas, donde llegó a ser amigo del estadista Pericles -lo cual le atrajo la enemistad de los conservadores- y consiguió gran fama como maestro y filósofo.
Protágoras fue el primero en analizar cuidadosamente la lengua griega y en elaborar las reglas de la gramática; también en llamarse a sí mismo sofista y en enseñar a cambio de dinero, recibiendo grandes sumas de sus alumnos. Enseñó gramática, retórica e interpretación de la poesía.
Sus obras principales, de las que sólo perduran algunos fragmentos, fueron tituladas "Verdad" y "Sobre los dioses".
El fundamento de su reflexión fue la doctrina de que nada es bueno o malo, verdadero o falso, de una forma categórica (relativismo) y que cada persona es, por tanto, su propia autoridad última; esta creencia se resume en su frase: “El hombre es la medida de todas las cosas”.
En 411 a.C., cuando Sócrates ya contaba con 58 años , mucho después de la muerte de Pericles (429 a.C.) y cuando tenía alrededor de setenta años de edad, Protágoras fue acusado de impiedad, por poner en duda públicamente la existencia de los dioses. Se exilió y, mientras se encontraba de viaje a Sicilia, pereció ahogado en el mar.
Dos célebres diálogos de Platón, "Teeteto" y "Protágoras", rebatieron las doctrinas de Protágoras.
Hipias de Elide diferencia entre lo no contingente (lo bueno) y lo contingente (lo que es conforme a ley); separa el derecho positivo del natural.
Para Prodico de Ceos el hombre diviniza de acuerdo con sus necesidades; predica una ética de una vida civil.
La Filosofía se había iniciado ya en el siglo VI y en las ciudades de Jonia: en Mileto, Colofón, Efeso, Samos, unos seres desarraigados (abandonaban su hacienda) y extraños (no solían casarse ni tener hijos) se habían lanzado a la aventura de buscar el porqué de las cosas, amenazando a la mentalidad religiosa de la Grecia continental. Era todo muy distinto en la tradicional Atenas, no solamente en ese siglo, sino también en la época de la infancia y la juventud de Sócrates.
Para los filósofos de Mileto la idea de "physis" remite al "arche": único principio que abarca las ideas de origen, sustrato y causa.
Anaximandro - paisano, discípulo y sucesor de Tales- supuso que el "arche" no podía ser ninguna sustancia concreta de las que pueblan el universo, ya que todas proceden de aquel, y de ahí que nominase al principio "apeiron", lo indeterminado o indefinido.
"La generación de los seres existentes tiene lugar a partir de aquello a que conduce su destrucción, como es justo y necesario. Y es que se indemnizan y pagan su castigo los unos a los otros por su "adikía" (ofensa o injusticia) de acuerdo con el orden del tiempo". (Anaximandro).
Vale la pena detenerse un momento en este texto y compararlo con un extracto del Fedón de Platón :
-¿Tenemos entonces probado -preguntó Sócrates- de un modo satisfactorio, que todo se produce así, que las cosas contrarias nacen de sus contrarias?
-Sin duda.
-¿Y qué respondes ahora? ¿No hay en eso algo asi como dos generaciones entre cada par de contrarios, una que va del primero al segundo y otra que va, a su vez, del segundo al primero? Entre una cosa mayor y una menor ¿no hay un aumento y una disminución? ¿Y no llamamos, en consecuencia, al primer acto aumentar y al segundo disminuir?
-Sí -contestó.
-¿Y con respecto al descomponerse y al componerse, al enfriarse y al calentarse, y a todas las cosas que ofrecen una oposición semejante, aunque a veces no tengamos nombres para denominarlas, no ocurre de hecho lo mismo en todas ellas necesariamente, que tienen su origen las unas en las otras y que la generación va mutuamente de cada una de ellas a su contraria?
-En efecto -dijo.
-Entonces ¿qué? -replicó Sócrates- ¿Hay algo que sea contrario al vivir de la misma manera que el dormir es contrario al estar despierto?
-Si, lo hay -respondió.
-¿Qué?
-El estar muerto.
-¿Y no se orìgina lo uno de lo otro, puesto que son contrarios? ¿y no son dos las generaciones que hay entre ambos, puesto que son dos?
-Imposible es negarlo.
-Pues bien -prosiguió Sócrates-, yo te voy a hablar a ti de una de esas parejas a las que me referia hace un momento, de ella y de sus generaciones, y tú me vas a hablar a mí de la otra. Se trata del dormir y del estar despierto, y digo que del dormir se origina el estar despierto y del estar despierto el dormir, siendo las generaciones de ambos una el dormirse y la otra el despertarse. ¿Te basta con lo dicho, o no?
-Desde luego que sí.
-Responde tú ahora de igual manera -añadió-, a propósito de la vida y de la muerte. ¿No afirmas que el estar muerto es lo contrario del vivir?
-Sí.
-¿Y que se origina lo uno de lo otro?
-Sí.
-Entonces, ¿qué es lo que se produce de lo que vive?
-Lo que está muerto -respondió.
-¿Y qué se produce -replicó Sócrates- de lo que está muerto?
-Lo que vive, necesario es reconocerlo.
-¿Proceden, entonces, de lo que está muerto, tanto las cosas que tienen vida, como los seres vivientes?
-Es evidente -respondió.
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-¿Qué haremos entonces? ¿No vamos a admitir en compensación la generación contraria, sino que ha de quedar coja en este aspecto la naturaleza? ¿No es necesario más bien conceder al morir una generación contraria?.
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Luego convenimos aquí también que los vivos proceden de los muertos no menos que los muertos de los vivos, y, siendo esto así, parece que hay indicio suficiente de que es necesario que las almas de los muertos existan en alguna parte, de donde vuelvan a la vida.
-Me parece, Sócrates -respondió-, que, según lo convenido, es necesario que así sea
-Pues bien, Cebes -dijo Sócrates-, que lo hemos convenido con razón puedes verlo, a mi entender, de esta manera. Si no hubiera una correspondencia constante en el nacimiento de unas cosas con el de otras como si se movieran en círculo, sino que la generación fuera en linea recta, tan sólo de uno de los dos términos a su contrario, sin que de nuevo doblara la meta en dirección al otro, ni recorriera el camino en sentido inverso, ¿no te das cuenta de que todas las cosas acabarían por tener la misma forma, experimentar el mismo cambio, y cesarían de producirse?
-¿Qué quieres decir? -preguntó.
No es difícil comprender lo que digo -contestó Sócrates-. Por ejemplo: si existiera el dormirse, pero no se produjera en correspondencia el despertarse a partir de lo que está dormido, te das cuenta de que todas las cosas terminarían por mostrar que lo que le ocurrió a Endimión; es una bagatela; y no se le distinguiría a aquél en ninguna parte, por encontrarse todas las demás cosas en su mismo estado, en el de estar durmiendo. Y si todas las cosas se unieran y no se separaran, al punto ocurriría lo que dijo Anaxágoras: "Todas las cosas en el mismo lugar".Y de la misma manera, oh querido Cebes, si muriera todo cuanto participa de la vida, y, después de morir, permaneciera lo que está muerto en dicha forma sin volver de nuevo a la vida, ¿no sería de gran necesidad que todo acabara por morir y nada viviera? Pues aun en el caso de que lo que vive naciera de las demás cosas que tienen vida, si lo que vive muere, ¿qué medio habría de impedir que todo se consumiera en la muerte?
-Ninguno en absoluto, Sócrates -dijo Cebes-. Me parece enteramente que dices la verdad.
-En efecto, Cebes, nada hay a mi entender más cierto; y nosotros, al reconocerlo asi no nos engañamos, sino que tan realidad es el revivir como el que los vivos proceden de los muertos, y el que las almas de éstos existen [ y a las que son buenas les va mejor; y a las que son malas peor]
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-La demostración, ¡oh Simmias y Cebes! -dijo Sócrates-, queda hecha ya en este momento, si quereis combinar en uno solo este argumento con el que, con anterioridad a éste, admitimos aquel de que todo lo que tiene vida nace de lo que está muerto. En efecto, si el alma existe previamente, y es necesario que, cuando llegue a la vida y nazca, no nazca de otra cosa que de la muerte y del estado de muerte, ¿cómo no va a ser tambien necesario que exista, una vez que muera, puesto que tiene que nacer de nuevo? Queda demostrado, pues, lo que decís desde este momento incluso. No obstante, me parece que, tanto tú como Simmias, discutiríais con gusto esta cuestión con mayor detenimiento, y que teméis, como los niños, que sea verdad que el viento disipe el alma y la disuelva con su soplo mientras está saliendo del cuerpo, en especial cuando se muere no en un momento de calma, sino en un gran vendaval.
(Extractos de FEDÓN, Texto de Platón)
Ramón Pérez Poza
