LA MUERTE EN LA EVOLUCIÓN (2)
El veintinueve de abril de 1.770 el barco del Capitán Cook ancló en una bahía de Australia, ese país lejano. La expedición de James Cook tenía un carácter científico: recogieron y catalogaron numerosos y extraños ejemplares de plantas, en el transcurso de ocho días de minucioso e intenso trabajo. Dieciocho años después empezó la masiva llegada de colonos, interesados exclusivamente por la supervivencia y el enriquecimiento, sorprendidos por el desfile de animales tan curiosos como los marsupiales que trasladan a sus crías en una bolsa ventral. Estas migraciones humanas trajeron consigo la importación de ganado ovino, que entraba en clara competencia con los herbívoros autóctonos por el pasto que les sirve de alimento. Y al hombre, siempre tan inteligente, no se le ocurrió mejor cosa que la matanza de los más grandes competidores; y además, para rizar el rizo -como decirse suele- convirtieron la cacería en un cruel deporte:
"Los canguros machos, en vez de escapar, se vuelven de cara a sus perseguidores y se les enfrentan irguiéndose al máximo, y, si es posible, buscando apoyo para su dorso en el tronco de un árbol. Entonces se enfrentan los perros que se les acercan, a quienes tratan de golpear con su poderosa pezuña trasera, o, incluso, agarrarlos con sus patas, y así inutilizados, propinarles terribles zarpazos; perros viejos y muy acostumbrados a esta tarea, aunque nunca se acercan, se ocupan de acorralar al canguro y mantenerlo a raya con sus ladridos hasta que llega el cazador. Éste está provisto, por lo general, de un palo pesado con el que golpea la cabeza del canguro hasta que consigue matarlo". (Gilbert, naturalista de la época).
Los hombres debemos tomar conciencia de que somos animales tan importantes como las cucarachas y, por tanto, hemos de aprender a convivir con el resto de los seres vivos.
Lo que llamamos tiempo, sin saber de lo que tratamos, pero convencidos de que lo sabemos, está propiamente engarzado y confundido con cualesquiera hechos y lugares del acontecer humano y de lo que en él hace; no obstante, la relación del tiempo con la muerte y acciones o pasiones libidinosas, resulta peligrosamente inflamable.
La formación camina en pos de la involución del conocimiento. El lago de la ciencia se ha ensanchado a causa de nuevos ríos que en el mismo desembocan e incrementan su volumen. La evaporación es el olvido necesario que disminuye el caudal del saber para seguir siendo: para nuestra supervivencia es preciso que no desborde.
La metáfora del poeta Jorge Manrique "nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir" no contaba con los salmones que suben contra corriente hacia el origen: viene a ser capacidad para el desaprendizaje. Cada vez que ponemos algo en práctica comprobamos la falsedad de nuestra verdad. "Solo sé que no sé nada", decía el valiente filósofo Sócrates (469-399 a. C.) que sentíase superior al resto de los mortales porque sabía que no sabía.
En oposición al Mito, Aristóteles (384-322 a. C.) afirmaba la eternidad del mundo aunque admitía a Dios como motor inmóvil de un mundo que ni había creado ni conoce: únicamente se conoce a sí mismo y conviene en que ésta es su exclusiva actividad. También consideraba que el fin último, la meta del ser humano consiste en alcanzar la felicidad, la que se elige por sí misma:
"Si la felicidad es una actividad ejercida conforme a una capacidad, es razonable que se trate de la capacidad más perfecta de la parte mejor del hombre. Ahora bien, la parte mejor del hombre es la razón o como quiera que llamemos a aquella de nosotros que por naturaleza parece ser la más excelente y natural y poseer la intelección de las cosas bellas y divinas; pues la razón es o algo divino o, ciertamente, lo más divino que hay en nosotros. Por tanto, su actividad -según la capacidad que le es propia- será la felicidad completa." (Ética a Nicómaco).
Mayor gozo resulta de escuchar de labios de Tom Kirkwood (ejerce de gerontólogo en la Universidad de Newcastle, Gran Bretaña), uno de los mayores expertos en genética y evolución del envejecimiento: "no estamos programados para morir". Es una acumulación de daños, un deterioro molecular el que marca los límites de la longevidad:
"Si se examina el cuerpo de una persona agónica, se observa que todas sus células y órganos intentan que el cuerpo siga vivo. ... el mensaje de la muerte tarda en extenderse por todo el cuerpo, de manera que durante minutos u horas tras la muerte del cuerpo todavía quedan células vivas. Se ha demostrado que si se extrae un órgano del cuerpo de una persona que acaba de morir para transplantarlo, el órgano sigue vivo unas horas. ... Por tanto, las células de los órganos luchan por su supervivencia en un cuerpo muerto. ... El cuerpo envejece y muere ... porque no puede sobrevivir indefinidamente." (Cara a cara con la vida, la mente y el Universo, Eduardo Punset).
No hay una frontera biológica: "es una gran falacia. ... Y, de alguna manera, la ausencia de límite absoluto en la duración de la vida está relacionada con la ausencia de un programa. A medida que comprendamos el proceso de envejecimiento llegaremos a la vejez en mejores condiciones que las generaciones anteriores. ... El record mundial de longevidad humana es de ciento veintidós años y cinco meses. ... se batirá." (opus cit.) .
No está de más recordar que el agua líquida es incolora, inodora e insípida; pero en grandes cantidades presenta un color azulado. Además, resulta una buena acumuladora de calor en la naturaleza, gracias a su alto grado de evaporación, equlibrando las fluctuaciones térmicas (el mar tarda más que la tierra en calentarse y enfriarse, y el vapor de agua en la atmósfera favorece el almacenamiento de la radiación solar por su efecto invernadero). Sin embargo, en su forma sólida, es un mineral por su perfecta cristalización al alcanzar el punto de solidificación: 0º.
Ramón Pérez Poza
"Los canguros machos, en vez de escapar, se vuelven de cara a sus perseguidores y se les enfrentan irguiéndose al máximo, y, si es posible, buscando apoyo para su dorso en el tronco de un árbol. Entonces se enfrentan los perros que se les acercan, a quienes tratan de golpear con su poderosa pezuña trasera, o, incluso, agarrarlos con sus patas, y así inutilizados, propinarles terribles zarpazos; perros viejos y muy acostumbrados a esta tarea, aunque nunca se acercan, se ocupan de acorralar al canguro y mantenerlo a raya con sus ladridos hasta que llega el cazador. Éste está provisto, por lo general, de un palo pesado con el que golpea la cabeza del canguro hasta que consigue matarlo". (Gilbert, naturalista de la época).
Los hombres debemos tomar conciencia de que somos animales tan importantes como las cucarachas y, por tanto, hemos de aprender a convivir con el resto de los seres vivos.
Lo que llamamos tiempo, sin saber de lo que tratamos, pero convencidos de que lo sabemos, está propiamente engarzado y confundido con cualesquiera hechos y lugares del acontecer humano y de lo que en él hace; no obstante, la relación del tiempo con la muerte y acciones o pasiones libidinosas, resulta peligrosamente inflamable.
La formación camina en pos de la involución del conocimiento. El lago de la ciencia se ha ensanchado a causa de nuevos ríos que en el mismo desembocan e incrementan su volumen. La evaporación es el olvido necesario que disminuye el caudal del saber para seguir siendo: para nuestra supervivencia es preciso que no desborde.
La metáfora del poeta Jorge Manrique "nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir" no contaba con los salmones que suben contra corriente hacia el origen: viene a ser capacidad para el desaprendizaje. Cada vez que ponemos algo en práctica comprobamos la falsedad de nuestra verdad. "Solo sé que no sé nada", decía el valiente filósofo Sócrates (469-399 a. C.) que sentíase superior al resto de los mortales porque sabía que no sabía.
En oposición al Mito, Aristóteles (384-322 a. C.) afirmaba la eternidad del mundo aunque admitía a Dios como motor inmóvil de un mundo que ni había creado ni conoce: únicamente se conoce a sí mismo y conviene en que ésta es su exclusiva actividad. También consideraba que el fin último, la meta del ser humano consiste en alcanzar la felicidad, la que se elige por sí misma:
"Si la felicidad es una actividad ejercida conforme a una capacidad, es razonable que se trate de la capacidad más perfecta de la parte mejor del hombre. Ahora bien, la parte mejor del hombre es la razón o como quiera que llamemos a aquella de nosotros que por naturaleza parece ser la más excelente y natural y poseer la intelección de las cosas bellas y divinas; pues la razón es o algo divino o, ciertamente, lo más divino que hay en nosotros. Por tanto, su actividad -según la capacidad que le es propia- será la felicidad completa." (Ética a Nicómaco).
Mayor gozo resulta de escuchar de labios de Tom Kirkwood (ejerce de gerontólogo en la Universidad de Newcastle, Gran Bretaña), uno de los mayores expertos en genética y evolución del envejecimiento: "no estamos programados para morir". Es una acumulación de daños, un deterioro molecular el que marca los límites de la longevidad:
"Si se examina el cuerpo de una persona agónica, se observa que todas sus células y órganos intentan que el cuerpo siga vivo. ... el mensaje de la muerte tarda en extenderse por todo el cuerpo, de manera que durante minutos u horas tras la muerte del cuerpo todavía quedan células vivas. Se ha demostrado que si se extrae un órgano del cuerpo de una persona que acaba de morir para transplantarlo, el órgano sigue vivo unas horas. ... Por tanto, las células de los órganos luchan por su supervivencia en un cuerpo muerto. ... El cuerpo envejece y muere ... porque no puede sobrevivir indefinidamente." (Cara a cara con la vida, la mente y el Universo, Eduardo Punset).
No hay una frontera biológica: "es una gran falacia. ... Y, de alguna manera, la ausencia de límite absoluto en la duración de la vida está relacionada con la ausencia de un programa. A medida que comprendamos el proceso de envejecimiento llegaremos a la vejez en mejores condiciones que las generaciones anteriores. ... El record mundial de longevidad humana es de ciento veintidós años y cinco meses. ... se batirá." (opus cit.) .
Los minerales acompañan al hombre en su evolución como poderosos auxiliares de su actividad, caracterizando a veces su forma de vida.
Un mineral es un compuesto natural de material sólido inorgánico, con una composición química formada por uno o varios elementos.
Si observamos con perspectiva científica el paisaje que tenemos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que es el resultado de un lento y continuo proceso de transformación ocurrido durante millones de años.
La ciencia que estudia los minerales y sus propiedades físico-químicas es la Mineralogía.
Teofastro (372-287 a.C.), discípulo de Aristóteles, puede considerarse como fundador de esta disciplina.
Los minerales, en condiciones favorables de formación, pueden adquirir formas geométricas definidas; es decir, tener un orden interno y externo tridimensional. El orden interno que tienen casi todos los minerales se manifiesta a menudo externamente -como ya indicamos- en fomas geométricas regulares, al mineral que las adopta se le denomina cristal.
No obstante, el término cristalino se debe utilizar sólo cuando el mineral tiene una distribución interna ordenada, pero su forma externa es irregular.
La palabra "cristal" tiene su origen en el nombre que le daban al hielo los antiguos griegos.
La ciencia que estudia los cristales se llama Cristalografía.
Las referencias más antiguas en relación a la forma cristalina y la naturaleza de las caras de los cristales se hallan en la "Historia Natural" de Plinio.
Después de estudiar medicina en Copenhague, el naturalista y anatomista danés Niels Steensen, más conocido por su nombre latinizado Nicolás (o Nichaola, o Nicolaus) Steno (1.638-1.686), visitó Roma en 1.660, "trabajó en la isla de Malta en 1.664" ( www.fosil.cl/evolucion1601.html ) y se estableció en Florencia en 1.666. En 1.669 comparó los ángulos de las caras de varios cristales de cuarzo (El De Solido intra solido naturaliter contento dissertatinis prodromus) y descubrió que estos ángulos siempre eran iguales. Esta conclusión es la primera ley fundamental de la Cristalografía y se conoce como ley de Steno, ley que fue confirmada en 1.783 por Romé de l' Isle, quien midió los ángulos con un simple goniómetro.
Los cristales se forman a partir de una disolución o de un medio fundido en determinadas condiciones de presión y temperatura.
Si en un recipiente con agua se disuelve sal (cloruro sódico) de cocina y luego se deja evaporar el agua, se observará que se va concentrando lentamente la disolución y disminuyendo la cantidad de agua hasta desaparecer totalmente.
Entonces será fácil percatarse de que han cristalizado unas formas sólidas geométricas que anteriormente hemos nominado cristales.
Si la evaporación se realiza de una manera rápida (calentando la disolución), se obtiene materia cristalina; porque sólo tendría tiempo para ordenarse internamente.
La formación de otros cristales de minerales se produce al descender la temperatura del magma fundido, igual que los cristales de hielo se forman al hacerlo la temperatura del agua. Ya en 1.611 el astrónomo Kepler publicó un artículo titulado "La nieve hexagonal". Aunque el auténtico inicio de la Cristalografía se produjo en 1.784 con la publicación de "Essai d'une théorie sur la estructure des cristaux" por el profesor René Just Haüy, un ensayo teórico sobre la estructura cristalina a partir de sus observaciones de la exfoliación de la calcita.
Ramón Pérez Poza
